Hoy hace dos años que mi perra se fue.
A un mes de su muerte, escribí esto. Dos años después, lo recupero porque queda lejos en el tiempo pero mi corazón no quiere olvidar.

18.08.2011
Hospital canino de Montjuich. Nos atiende la veterinaria, una chica majísima, dulce...
Lo primero que me dice es que intente no llorar porque el bichito se dará cuenta, mientras la inspecciona. Le saca más tumorcitos en las mamas, dice que es algo neuronal cuando le explico lo que le pasa, Me cuenta todo lo que podríamos hacerle, la pasta aproximada que costaría, lo que le pasaría si la intentamos tratar... Lo que no es reversible... Me da a escoger. Le pregunto qué haría ella, me lo dice sin decírmelo. Decido.
Me explica el proceso, insiste que es la mejor opción. Nos deja despedirnos de ella. Puça no parece consciente de que estemos allí, quiere caminar, contra la pared, contra la mesa... La abrazamos sentadas en el suelo...
Se la lleva en brazos, al cabo de X minutos aparece diciendo que bajemos.
Es una sala con camillas, como un quirófano, aséptica.
La encuentro en una camilla, su posición de esfinge echada, la mirada brillante, fija, negra, intensa, esa mirada que te hace pensar que está concentrada en algo. Ya está sedada, tiene puesto el catéter.
Nos deja de nuevo a solas con ella. La acaricio como nunca antes la he acariciado, le hablo, no sé si me escucha, ella no reacciona. Está caliente. Y suave. Y ausente... Probablemente está en sus miedos y yo soy incapaz, con mis tacto, con mi voz, de sacarla de ese terror de no ver ni oír...
Viene la veterinaria, me dice que cuando yo quiera, sin dejar de acariciar a Puça, con la palma de mi mano debajo de su morrito, sosteniéndola, sintiendo su peso, como cuando ponía la cabeza en la pierna para pedir atención, le mete una jeringuilla... Luego otra, enormes, ¿tanto líquido asesino? ¿Es necesario? ¿QUé es exactamente lo que me va a separar de mi bichito?, le pregunto. Ella contesta suavemente, sin dejar de hacer su trabajo, pendiente de todo.
Empiezo a llorar suavemente, las lágrimas ya no quieren estar más sueltas. Escucho un gemido, un suspiro suave, como cuando se dormía o se deprimía. ¿Como si algo le doliera? Por favor, que no le duela nada... Se lo comento a la veterinaria, "ese suspiro?", ella sonríe apenas, sin mirarme.
Se queda quieta, mirando a Puça, esperando breves segundos, la ausculta, se levanta y yo me quedo sorprendida, ¿dónde va?
"¿Ya está?", asiente.
¿Cómo que ya está? ¿Y no me he dado cuenta de que mi niña se ha muerto en mis brazos? ¿Así es la muerte? ¿Estás y no estás?
Me desbordo, ella se va y yo me desbordo. Diana llora, pero yo me derramo sobre mi perra, mi amiga, mi compañera. Sé que llegaría el día, me preparé, o eso creía, pero no puedo romperme sobre mi niña sin dejar de tocarla: la espalda, su pelo, su cuerpito laxo, sus ojos aún abiertos que no se quieren cerrar...
Diana me pide que me detenga. A mí no me sale pararme.A mí me sale gruñir, y gritar; que me deje llorar, que me deje explotar, que me deje, que por mi padre ni siquiera he llorado aún como una hija debe llorar a un padre. Eso la convence.
Y yo sigo llorando sobre el pelaje rubio rojizo de la que durante 15 años ha estado a mi lado sin exigirme, sin pedirme más que cariño y atención, la que me ha dado más alegrías que penas...
18 de agosto. Ayer hizo otro año que murió mi hermano. Y en breves, otros tantos de Víctor. Víctor... Pero la sangre es la sangre y sólo pienso en mi hermano y mi padre. Y mi Puça, que no es mi sangre pero como si lo fuera porque le he dado mi vida, mi tiempo, mi amor, porque ha conocido lo mejor y lo peor de mí, como un hermano, como un padre, como un hijo.
Voy calmándome. Viene la veterinaria. Me dice que la recuerde en lo bueno, que aquella no es mi puça, que no lo es. Y yo miro a mi perra y me pregunto cómo puede decir eso, ella qué sabe. Aquel cuerpito inerme también es mi puça...
Se la llevarán al crematorio. Comunitario. No hay dinero para otra cosa.
Me acompaña hasta las escaleras y yo dejo allí, sin girarme a verla ni una vez más. Diana sí que se gira, yo estoy atolondrada y ni se me ocurre.
Pago por una muerte.
Y me marcho.
No puedo dejar de llorar.
Hasta hoy.
Cada vez lloro menos, me da miedo adaptarme tan rápido a su ausencia. Aunque eso es falso, que 15 años son muchos años...
La mayor parte del tiempo prefiero dejarme llevar, salir con las nuevas amistades porque si voy a casa no sé qué haré. ¿Quién me va a sacar de paseo ahora?