Caí redonda en un sueño profundo y olvidé toda mi existencia pasada. Al abrir los ojos, sin saber si aún soñaba, descubrí una vida ante mí e, ignorando quién era yo, empecé a caminar.
Me miré en los ojos de muchos otros, almas perdidas como la mía, y comencé -como un milagro- a ver la luz, a valorar los pequeños detalles de los que esa vida estaba construida.

“Tal vez”, pensé, “he de bucear en aguas turbias para encontrar la esencia, he de escarbar con las uñas para encontrar los cimientos de esta nueva existencia, he de cerrar los ojos y palpar el aire y acariciar los rostros de esos otros para recuperar mi porqué...”.
Así lo hice.
Me sumergí en el lodo y, sintiéndome grano de arena, me desprendí del ropaje interno que en el camino cosí a mi piel. Me quedé sin uñas, perdiéndome en mil agujeros de tierra y cemento, para vislumbrar apenas una viga que sostenía el mundo. ¡Qué frágil era! Así supe que, en realidad, todo dependía de mí... Tapé mis ojos y mi piel rozó más pieles, mis manos fueron mi vista y mi corazón, mi voz. Así me descubrí en otros yo sin necesidad de verme reflejada en un espejo de feria engañoso.
Y con lo poco que sabía -porque era poco, que todo era demasiado profundo o extenso o rocoso como para aprenderlo en un sólo día-, un hueco se fue formando en mi pecho, que dolía como el hambre cuando pincha en el estómago. Unas notas de piano envolvieron mi respiración acompasada, y mis pulmones se llenaron hasta el éxtasis, y mis pupilas dejaron de ver nítido, y mi cuerpo todo se estremeció.
Alguien sopló sobre mi nuca. Entonces comprendí que lo que necesitaba era amar.
Esas notas fueron mi guía por el sendero que me había marcado el destino.
Fue duro, muy duro amar sin ser amada, conquistar inexplorados y remotos quereres, clavar banderas en la cima de la Pureza y la Verdad. Caí tantas veces que no tengo dedos para contar. Aún duelen las cicatrices, aún mi sueño es agitado, aún muestro los dientes para defenderme a pesar del tiempo.
Pero -siempre hay un “pero” dispuesto a sobresaltarte en el camino como si fuera un bandido enmascarado y bello al que no sabes si temer o entregarte-... Pero encontré también la fuerza para seguir, gracias al Sol que salía cada mañana otorgándome la esperanza, a la Luna que cada noche me bañaba de melancolía y deseo. A la lluvia que limpiaba mi sangre y mi sudor, al viento que ahuyentaba los malos pensamientos, las dudas ácidas...
Y a algunos “tú” que secaban mis lágrimas y se hacían recipientes de mis quejas, y endulzaban mis amarguras.
A pesar de haber sembrado trocitos de corazón, sólo pude recoger unos poquitos de esos “tú” porque los cuervos se comían las semillas o éstas crecían ya marchitas.
Pero me di cuenta de que no importaba la cantidad, sino la calidad de lo sembrado, y que mis frutos eran lo mejor de lo mejor.
Continuo renacer que esa Naturaleza, que me ayudó a sobrevivir, derrochó su don con esos “tú” haciendo que cada fruto fuera único e insustituible:
Tú que me ayudas a conocerme, a indagar aún en los mundos del Mundo y en el mío propio.
Tú que me regalas el ánimo de seguir.
Tú, musa que inspiras mi sueño.
Tú, padre que engendras en mí lo poco que puedo crear, parir...
Tú que alientas mi felicidad estando cerca de mí, a pesar del tiempo y la distancia.
Tú que mimas mi llanto.
Tú que acunas mi niña.
Tú que actúas de guía para que no pierda mi Norte.
Tú que me enardeces y sacas lo peor que hay en mí con tu ausencia, con tu no sé qué, y sólo así descubro la belleza, lo bueno que quiero darte...
Tú que me haces sentir tan natural, tan única.
Tú que me empujas a un continuo renacer.
Tú porque eres tú.
Tú porque pareces yo.
Tú porque me alimentas, te amo.
Caí redonda en un sueño profundo y olvidé toda mi existencia pasada.
Tal vez allí estabas Tú, es por eso que ahora te tengo cerca, polos opuestos que se atraen, la sangre que llama, fuegos que se tocan y se funden para hacer hoguera, trocitos de un mismo algo que se necesitan para llegar a ningún lugar, energías que se devoran y se nutren recíprocamente.
Abrí mis ojos sin saber si aún soñaba... ¿Y acaso importa? Si caeré continuamente en estados puros de hibernación y estoy segura de que cada vez que abra los ojos, en esta u otra vida, te volveré a encontrar porque es tan fuerte lo que despiertas dentro de mí, que mi deseo te atraerá.
En la oscuridad palparé tu piel y te reconoceré.
Miraré tu iris y veré reflejos del mío.
Te daré una gota de mi sangre y tendrá el sabor de la tuya.
Te sembraré y no nacerá otro Tú más que el Tuyo. Y será innecesario pronunciar el verbo divino, porque tú y yo somos ese verbo.