Fue un beso amable, suave, húmedo. Es el recuerdo más real que tengo de ese momento, todo lo demás podría haber sido un sueño.
Sus labios cálidos sobre los míos me invitaron a olvidarme del mundo y de cuanto había acontecido durante los últimos días. Cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación de paz que me abordaba siempre que caía entre sus brazos. Resultaba tan fácil abandonarme... Y resultaba tan fácil caer entre sus brazos.
Aparqué las dudas, extravié el recato. No sé si fue a causa de aquella atmósfera turbia que nos envolvía ciñéndose a nuestros cuerpos como un guante de seda, o la escasa brisa que se colaba por el ventanal acariciando el deseo contenido, o el leve temblor de su respiración contra mi piel alentándome a ir más lejos, o tal vez era tan simple como que ya no me pertenecía, que mi necesidad era suya, que mis sueños se habían rendido, que mi cuerpo, mi alma, mi todo, eran de ella y de nadie más.
Y ella era mía. Nada significaba su anillo, ni aquella casa acomodada, ni la vida que había vivido junto a su marido. Aquel beso sellaba un pacto inminente que lo cambiaría todo.
Que lo cambió todo... para mí.
Existen personas con gracia a las que la vida les sonríe. Cuando se fijó en mí, pensé que yo era una de ellas, un ser afortunado. Ahora sé que no fui más que un bufón ridículo, una marioneta en sus hábiles manos.
Entre estas cuatro paredes que me condenan sólo tengo tiempo para pensar, una y otra vez, en lo ilusa que fui al creer que ella me amaba. Lo único que quería de mí era la libertad. Y eso le di: la libré de su marido.
Cuando tuve las manos ensangrentadas, me miró como si nunca antes me hubiera visto, gritó y olvidó mi todo, mi alma, mi cuerpo. Renegó de cuanto había acontecido en los últimos días. Borró cualquier rastro de besos.
Ella sigue con su vida lejos de mí. La mía terminará en breve.
Mientras espero, saboreo mis últimos recuerdos donde ese beso amable, suave y húmedo fue lo único real del sueño que selló mi destino.