Ayer, de forma completamente inesperada, me dijo "te quiero".
Fue abrupta y casi descarada; esperó en silencio una reacción por mi parte, con ansiedad en la mirada, queriendo desnudar mi alma y zambullirse en los sentimientos que envolvieron mi pecho en ese momento. No supe cómo reaccionar, me sentí como una cría chica pero el corazón perdió un latido en ese instante, no sé si por el verbo, por las consecuencias o por la intensidad de su mirada.
Luego, entre risas tímidas y abrazos temblorosos, añadió "pero poco, ¡eh!". Pero ya era tarde, y lo sabía. Un día le pedí que no me lo dijera, aunque tuviera ganas, hasta que no lo sintiese de verdad. Y ahora, como quien se quita un peso de encima largamente cargado, me lo decía. Sin que yo le preguntase. De corazón.
Después, muchos minutos después, le conté un cuento. El cuento de cómo mis dedos son amorosos. De cómo el dedo corazón la quiere mucho, el dedo anular tiene ilusiones, el dedo índice la señala, la selecciona, la escoge a ella y sólo a ella... De cómo mis manos la miman, la cuidan, la aman... Y yo también.
Se durmió, feliz.