El otro día me preguntó si la quería y le dije que sí, que un poco, que estaba empezando a sentir por ella. Yo le pregunté a ella y me respondió lo mismo, que sí, que un poco. Bien, pensé, vamos avanzando, aunque con pies de plomo. Me confesó que si yo no se lo hubiera dicho, ella me lo hubiera ocultado.
Es orgullosa. Y prudente. Como yo.



Ayer, de forma completamente inesperada, me dijo "te quiero", de forma casi descarada, esperando una reacción por mi parte, con ansiedad en la mirada, queriendo desnudar mi alma y zambullirse en los sentimientos que envolvieron mi pecho en ese momento. No supe cómo reaccionar, me sentí como una cría chica pero el corazón perdió un latido en ese instante, no sé si por el verbo, por las consecuencias o por su mirada.
Luego, entre risas tímidas y abrazos temblorosos, añadió "pero un poco, eh!". Pero me lo dijo sola, sin que preguntase, de corazón. Le había pedido que no lo hiciera, que no me lo dijera aunque tuviera ganas hasta que no lo sintiese de verdad.
Después, muchos minutos después, le conté un cuento. El cuento de cómo mis dedos son amorosos. De cómo el dedo corazón la quiere mucho, el dedo anular tiene ilusiones, el dedo índice la señala, la selecciona, la escoge a ella y sólo a ella... de cómo mis manos la miman, la cuidan, la aman... Y yo también.
Se emocionó, feliz.